Jueves, 9 de Abril de 2026  
 
 

 
 
 
Opinión

Chile no tiene problema de lectura, tiene adultos distraídos

Por Dr. Jaime Fauré, Investigador y académico de Psicopedagogía UNAB.

 

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Hay dos maneras de entrar a una pantalla. Una es la del lector: baja el ritmo, vuelve atrás, subraya con el dedo, se detiene en una imagen. Otra es la del usuario: desliza, salta, consume y olvida. Las dos ocurren en el mismo dispositivo, a veces incluso en el mismo minuto. El problema no es que los niños chilenos lean en el celular o en el iPad. El problema es que nadie les ha enseñado cuál de los dos modos activar cuando el objetivo es leer de verdad. Chile promedió 448 puntos en lectura PISA 2022. No es un problema de pantallas ni de libros. Es un problema de cómo los adultos usan uno y otro.

En una casa de Los Andes, un padre lee un cuento antes de dormir. El libro no está en la mesa; está en el teléfono. Avanzan bien hasta que entra una notificación. El padre la borra, sigue, pero la niña pide volver porque se perdió. Esa escena no describe un mal padre, ni tampoco una mala tecnología. Describe un entorno sin las condiciones adecuadas. La pantalla no estaba en modo libro, estaba en modo feria. Y la feria, como bien sabemos, no invita a quedarse en un solo stand. La pantalla no es el enemigo. El ruido dentro de la pantalla, sí.

La pregunta por la edad y las condiciones no tiene una única respuesta. El papel sigue ganando cuando el niño recién aprende a sostener el hilo de una historia: permite señalar, releer, hacer del cuento un encuentro físico entre dos personas. Pero tampoco conviene idealizarlo. Una tableta puede ofrecer letras ajustables, audiolibros, un catálogo amplio y acceso sin costo a través de la Biblioteca Digital Escolar. Para niños con dificultades visuales o lectoras, ese margen no es accesorio: es la diferencia entre leer y no leer. Lo que está en juego no es el soporte. Es si el niño sale del rato de lectura habiendo construido un mundo, sonriendo, imaginando algo.

En la escuela, la diferencia no la hace el dispositivo, sino el protocolo. Una profesora que pone el curso en modo avión antes de leer ya hizo algo que ninguna app puede hacer sola: convirtió el dispositivo en libro. Si además muestra cómo se vuelve a un párrafo, cómo se subraya una idea sin prisa y cómo se formula una pregunta antes de comentar, está enseñando lectura, no navegación. En un trimestre de trabajo con ese horizonte, la diferencia se puede ver. Las preguntas se vuelven más finas, las reescrituras mejoran y los estudiantes dejan de asociar la tableta con la velocidad.

En el hogar, los ajustes son menores en esfuerzo y mayores en efecto de lo que parece. Leer desde una tableta sin notificaciones activadas cambia el ambiente sin cambiar el dispositivo. Dejar el teléfono fuera de la cama hace que la sesión nocturna se parezca más a un ritual que a una trampa. Y conversar lo leído al día siguiente —aunque sea un par de minutos— instala algo que ningún algoritmo puede medir: la certeza de que la historia valía la pena.

Lo que los adultos hacemos en los pocos ratos de lectura que podemos tener deja una marca tan profunda como maravillosa. Los niños que recuerdan personajes, que piden el siguiente libro, que pueden leer diez minutos sin saltar a otra pantalla, no lo lograron solos. Hubo alguien que les preparó el camino y les encendió una tenue luz. Alguien que cerró la feria, y abrió el libro. Chile no necesita elegir entre pantalla o papel. Necesita adultos que sepan cuándo uno y otro sirven, y que no confundan tener acceso a un texto con haber leído. La niña de La Serena sigue esperando que vuelvan a la parte anterior. Todavía está a tiempo.


 
 
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