“A juntar leña”, esa frase me quedó a fuego durante mis primeros años de vida. La verdad no lograba entender, pues era plena temporada estival, y sólo pensábamos junto a primos y amigos en baños en el tranque. Carmelo junto a Miguel y Aliro, ensillaban sus caballos a las cinco de la madrugada, y partían al interior de la hacienda, junto a sus perros y hachas afiladas. Un lugar lejano llamado La Capitana era el destino, el cual lo alcanzaban tipo nueve de la mañana, junto a sus bestias cansadas, perros sedientos y estómagos vacíos. Ahí junto a la quebrada estaban las manchas de bosques que alumbrarían el invierno.
El eco de la quebrada llevaba los golpes de hachas, varios kilómetros a la redonda, sonido que se amplificaba al golpetear los muros de otro cerro llamado El Rosario. El ladrido ronco de unos perros zorreros nos habla de un campo muy diferente, otros pensares, costumbres y necesidades.
Las rumas de leña de bosquete esclerófilo iban cayendo silente a un sueño de deshidratación, que sólo se despertaría en cocinas a leña junto al fragor de los calderos hirviendo. Si bien las maderas iban amontonándose, los troncos centrales quedaban, de manera de asegurar la vida del árbol. Un relincho del Moro marcaba el regreso al hogar y a pesebreras frescas.
El resto del verano haría el secado hasta entradas de otoño, donde otra gran aventura se llevaría a cabo, trasladar las rumas hasta la casa de campo. Esta costumbre era sagrada, para tener leña seca en toda la temporada, básicamente hormigas obreras asegurando una hibernación. Con el tiempo fui participando de esa costumbre, inolvidable el desayuno a la llegada al destino de corta, un fuego mágico para el choquero, tortillas con grasa, queso de vaca muy seco y amarillo, charqui machacado y unas hojas de boldo en el agua de té. Recuerdo que los vaqueros eran todopoderosos, no solo con su cabalgadura y el lazo, pues el hacha la manejaban con la misma destreza.
Esa primera etapa otorgaba la tranquilidad de contar con el combustible necesario. En el campo a vela, nunca vi una estufa a parafina, menos una eléctrica o a gas, han pasado los años y para muchos campesinos la leña sigue siendo su refugio principal.
Como en tantos otros productos, marzo era la época de recoger esas rumas de la quebrada Capitana, es así como las yuntas de bueyes se traían la tarde anterior al potrerillo de la casa y se forrajeaban con buenos bocados de fardos de alfalfa, la rumia era tranquila de esas grandes bestias, previo a la madrugada del desasosiego. No recuerdo los nombres de los bueyes, pero siempre eran muy ingeniosos y tenían que asociarse como parejas.
Ese día era especial, Carmelo y sus socios iniciaban la jornada a las tres de la madrugada, se enyugaban los bueyes mientras el ladrido de los perros despertaba a toda la familia. Luego picana en mano se llevaba al pajal, distante a unos cien metros, para empertigar a la carreta y salir a eso de las cuatro rumbo al interior de la hacienda. Definitivamente la jornada era muy larga, debido al paso cansino de los cachudos, lo que hacía alcanzar el destino, recién a mediodía. Entre carga, almuerzo y descanso de la yunta, la bajada se iniciaba tipo cuatro de la tarde, para estar llegando con noche a la casa. La carreta se dejaba cargada, los bueyes con agua y pastando, para seguir con la función de descarga al día siguiente.
Esas rumas de leña se iban divisando lentamente en las casas, marcando un paisaje rural de inicios de otoño. Si bien la leña estaba seca, de manera diaria se tenía que ir partiendo esas largas ramas de diferente grosor, de manera que también era característico el ir y venir con los atados de leña, destino a la cocina, el verdadero corazón de la casa campesina. Consideraba que era un cerro de leña, algo mágico que parecía no disminuir, a pesar del consumo diario. También formaban un refugio para las gallinas andariegas, de manera que había que ir buscando los nidales de huevos escondidos que las tufúas disimulaban.
El movimiento de la cocina en la hacienda antigua se iniciaba alrededor de las seis de la madrugada, prendiendo el brasero a carbón y la cocina a leña. Normalmente las dueñas de casa realizaban la ordeña, de al menos un par de vacas, litros de leche que se utilizaban en el gasto diario. Un desayuno de campo, alrededor de las ocho de la mañana era lo mejor del día, abundante, reposado, enjundioso y amable. El carbón perfumaba el ambiente, y la cocina hervía el caldero, la tetera y el lechero, con esa espuma que provenía de la lactosa del “apoyo”, posterior a la mamada del ternero.
La inolvidable cosecha de leña orgánica, ecológica, respetuosa del medio ambiente, que supo mantener la cocina campesina del regazo, abrigo, leyendas, muchas veces con apenas una pequeña lumbre que ambientaba silencios, misterios y relatos.
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