Viernes, 13 de Marzo de 2026  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Marzo en la hacienda antigua …

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Pareciera ser que las estaciones climáticas en la década del sesenta eran más marcadas o quedaban más arraigadas en la memoria. Cómo no recordar la chacra de Juan Ignacio Garrido, donde los choclos quebrados secándose abrían la vista a los coloridos espantapájaros que se mostraban al viento, asustando a tordos y loicas. La brisa más fresca y húmeda obligaba a mirar la luna y estrellas en las noches, para hacer los ruegos necesarios y así culminar la cosecha que aseguraría una despensa llena de granos, hortalizas y frutos, para la alimentación de la temporada.

Las tardes comenzaban irremediablente a acortarse, llenando de melancolía el fin de la temporada estival, mientras el encierro de las ovejas para el último baño programado llenaba de balidos lo corrales centrales de la hacienda. Ramón, el hijo de Juan Ignacio, llegaba a la oración desde los potreros interiores. Un relincho al atravesar la acequia aledaña a la chacra anunciaba que otras manos se integrarían a la cosecha de papas de guarda, las que se almacenaban en un rincón oscuro de la bodega. Toda la familia estaba en las melgas de porotos, cebollas y tantos otros cultivos, que las semillas eternas producían de manera inacabable.

Si bien los rastrojos iban difuminando la chacra familiar, los trabajos no terminaban. Una yunta de bueyes entraba en escena, pues la incorporación de la materia orgánica era fundamental, al igual que la presencia de las rapaces, especialmente tiuques, que marchaban detrás de la aradura, para nutrirse de unas gordas larvas, que ya se escondían para la siguiente temporada. Una chancha parida se hacía cargo de los rastrojos, una cómoda cama de matas de porotos secos, unas papas chicas, llamadas chancheras y no olvido unos melones escritos sobre maduros, que llenaban de jugo y olor sus dietas.

Luis Garrido, bastante alejado de las labores de campo, tenía la necesidad de secar choclos, por su gusto de criar patos gritones. Unas hileras de choclos diente de caballo eran su responsabilidad, de manera que parte de la chacra era celosamente cuidada por él. Hacía espantapájaros con lindos sombreros e incluso ponía tarros con piedras, los que, hacia sonar a través de una cuerda. Durante la etapa de otoño su techo de zinc oxidado lucía las mazorcas que se secaban al sol directo, hasta la entrada de las lluvias. Una cocina de adobe raído y un fuego encendido al centro las 24 horas, era el ambiente ideal para el desgrane de los maíces de antaño.

Marzo se llenaba de colores, aromas, productos, cosechas y también silencio, ese que resguardaba la subsistencia del año invernal. Mientras el terreno arado aseguraba la cosecha profunda de agua y la involución para la siguiente temporada, la bodega o despensa ordenaba la magia de la abundancia. Antiguamente las latas de manteca eran importantes, los tarros de miel ni que decir, los cajones con manzanas cuidadosamente envueltas en servilletas aseguraban los queques y postres, el charqui de oveja era infaltable, la harina tostada de trigo en callana, las mermeladas de diversas frutas, cajones con sal gruesa.

No podría olvidar esa casa, especialmente los tres escalones que llevaban a un gran corredor. Ahí encontrábamos el alma del hogar campesino, un banco carpintero era la presentación, donde otro hermano, el maestro José, hacía su leyenda. Un techo alto encielado en madera rústica suspendía en el aire varias corridas de cuelgas de cebollas de guarda, algo ahumadas con el brasero encendido con carbón de espino. El ir y venir de doña Herminia, la dueña de casa, inundaba de cobijo el ambiente, con ese amasijo de pan amasado, la ordeña de vacas chúcaras, los quesos frescos, el armado del almuerzo y la sonrisa siempre amable, ante los lloriqueos de Rosita, su hija más pequeña.

El marzo actual es muy diferente, aunque la familia del recordado Chorroncho, que cultivaba el lomaje de Portezuelo Amarillo, trate de mantenerlo. Si bien no todas las semillas son transgénicas, la mayoría no se puede sembrar en una segunda temporada, el romanticismo del chancho cebado debe necesariamente pasar por un sacrificio de matadero, lo que ha influido en la merma de su crianza. Llegaba el otoño, el aventeo de porotos, trigo y avena iban a los sacos de osnaburgo, llegaban los sacos de carbón, se hacían las trenzas de ajos, las cuelgas de maíz, encurtidos y dulces.

Para el campo antiguo, marzo era el mes de la esperanza, el de la guarda, las cosechas y reemplazos de aves y ganado. El recuerdo de estas costumbres llena el alma, seguramente ya no se repetirán de la manera relatada, por más que Eduardo Galeano al explorar la conexión temporal, “asegure que las historias contadas permiten que el pasado vuelva a ocurrir”.

 


 
 
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