Durante los últimos años se ha instalado una preocupación creciente por el aumento de jóvenes que no estudian ni trabajan (la llamada “generación NINI”), centrando la discusión en la creación de oportunidades laborales y en la necesidad de alinear la educación con las demandas del mercado. Sin embargo, este énfasis productivo ha reducido el fenómeno a su impacto económico, dejando de lado dimensiones sociales, afectivas y comunitarias que permiten comprenderlo como un problema mucho más amplio y que exige un análisis verdaderamente multidimensional tanto de sus causas como de sus consecuencias.
La exclusión de jóvenes de espacios como la educación y el trabajo tiene efectos que trascienden la empleabilidad, como por ejemplo la reducción de su participación social, lo que a su vez restringe su capacidad de aportar al desarrollo colectivo y debilita los vínculos comunitarios. Cuando además viven en contextos de alta vulnerabilidad, la inserción se vuelve aún más difícil, perpetuando las desigualdades que ya enfrentan. Esto hace indispensable comprender los factores estructurales que sostienen el problema, así como sus consecuencias en las distintas dimensiones del desarrollo humano.
En relación con este último punto, la juventud y la adultez temprana son etapas clave para el desarrollo de la autonomía, la definición de proyectos personales y la consolidación de la identidad, tanto individual como social. La exclusión de espacios de participación, especialmente educativos y laborales, interrumpe estos procesos, afecta negativamente la salud mental y aumenta la probabilidad de experimentar trastornos que obstaculizan todavía más la inclusión social.
En este contexto, es clave preguntarse por el impacto que la exclusión, sea producto de decisiones condicionadas o de la falta real de alternativas, tiene en los proyectos de vida de jóvenes, en su sentido de pertenencia y en la construcción de su identidad. Reconocer estas dimensiones permite situar el bienestar de las personas en el centro, entendiendo la productividad y el crecimiento económico como herramientas al servicio de la sociedad, no como fines en sí mismos. Esta mirada permite el diseño de políticas públicas e iniciativas que articulen educación y trabajo con el desarrollo integral de las personas en sus contextos, incorporando también las consecuencias afectivas, sociales y mentales de quienes enfrentan barreras para integrarse.
Solo poniendo el desarrollo humano en el centro será posible promover la participación plena de jóvenes, contribuyendo a la construcción de una sociedad más justa, equitativa y capaz de aprovechar el potencial de todas las personas.
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