Sabado, 15 de Agosto de 2020  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural...El Campo del 1900...Capítulo II…

Por Sergio Díaz Ramírez, Crónicas de pueblo.

 

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Siguiendo la ruta polvorienta del campo del 1900, recordaremos ese vivir cansino, acelerado tal vez por el transandino que nos trajo movimiento y bullicio. Esa mirada de cordillera, de chichas y mistelas, trillas, carreras a la chilena y otras.

Los Andes del siglo pasado miraba a la cordillera, porque ahí ha estado su destino y una de las costumbres señeras, la trashumancia, viajes de veranadas, principalmente con ganado lanar y cabras. Las familias O’Neal, Figueroa y Montenegro tomaban los caminos de noche y madrugada detrás de su ganado, hasta alcanzar las verdes cumbres. Quesos y charqui eran los productos que de tanto en tanto bajaban a comercializar.

La noches del 1900 en el campo tenían sustancia y alma. Al no haber luz eléctrica, las mesas se iluminaban con lámparas de alcohol y las habitaciones con velas sobre palmatorias. Esa ambientación invitaba a la conversación, a compartir de manera lúdica, a relatar y a escuchar con gran atención los cuentos de pactos, brujos, misterios y descansos plenos.

Esa ojota de don Teo, el mismo de la subida de Los Ciruelos, nació en el 1900, con la llegada de los vehículos y sus neumáticos. Afiladas hojas partían las gomas de caucho para modelar la planta del pie y luego perforarlas para atravesar sobados correones de cuero y terminar la chala. Difundido calzado campesino en las labores diarias, indispensable en los calurosos días de verano, y a veces necesario en los crudos inviernos.

Los comerciantes que llegaban a los fundos eran unos personajes imperdibles. Caminaban largas distancias vendiendo artículos de hogar, y lo que encantaba a los campesinos, era hacer trueque de sus productos (frutas, leche, huevos y queso, entre otros), por unas cajas llenas de orificios que llevaban pollitos de un día. Éstos eran desecho de criadero, ya que luego del sexaje se excluía a todos estos machos de razas ponedoras. Sin embargo, se las arreglaban muy bien para convencer a sus clientes que eran pollas.

En el campo, el traje de huaso era sagrado. Se mantenía colgado y en bolsa de nylon, hasta las Fiestas Patrias o alguna misa o evento especial. El día anterior la camisa era almidonada en cuello, puños y cuidadosamente estirada con la plancha a carbón, un artefacto que, al tener unas perforaciones, no pocas veces la chispa que se escapaba perforaba la prenda.

Tejer y coser era una necesidad en el siglo pasado y era usual que se hiciera en todas las casas. Sin embargo, en el campo se llegaba al extremo de tener que zurcir las medias o tomar el punto, sacando hilos de nylon de otras medias viejas.

La despensa era un lugar imperdible. Había de todo, el olor era embriagador, acogedor y demostraba el trabajo de hogar que ello involucraba: charqui en cajas, jaulas carniceras, conservas varias, harina, orejones de pera, membrillo y manzana, frutas embaladas en servilletas muy ordenadas, quesos maduros, embutidos, latas de grasa y tarros con miel. Graneles de papas, cebollas colgadas, zapallos y legumbres.

Los poderosos desayunos de campo eran de leche fresca, pan amasado, queso asado en las brasas, charqui machacado y a la parrilla. Las pailas de huevo tampoco faltaban.

El caballo del 1900 era fundamental en el trabajo campero y el cuidado que le daba el huaso era conmovedor. Al llegar a la casa aflojaba la cincha y lo dejaba descansar, al rato lo desensillaba y le daba agua en la pila dispuesta especialmente para ello. En la noche directo a la pesebrera preparada con esmero, cama de paja, comedero con buena alfalfa, cebada en época de invierno y buena ventilación. Siempre cuidaban que no hubiera plumas en el ambiente porque se enfermaban al comerlas. Los fines de semana se dedicaban muchas veces a las faenas de tuza y herraje.

Las misiones católicas anuales eran una tradición de jóvenes universitarios. El campesino, que en esa época era mayoritariamente practicante de esta religión, los acogía con esmero, compartiendo tertulias, evangelios, juegos, cantos religiosos y populares, además de trabajos comunitarios. Las misas dominicales se hacían imperdibles para los jóvenes campesinos, ya que daban la oportunidad de poder intercambiar cómplices miradas con el misionero o misionera, según fuera el caso.

Las tías del campo, que lamentablemente ya no existen, merecen un capítulo aparte. Siempre ellas esperaban ansiosas las visitas de la ciudad, los sobrinos eran como verdaderos hijos y se esmeraban en atenciones. Lo perdonaban todo, o más bien casi todo, y un reto de ellas no dolía, quemaba. Homenaje a las tías del 1900, las de manos anchas y generosas, las madrugadoras, las del pan de huevo y mayonesa casera, las de pañuelo en la cabeza y delantal acogedor.

Los caminos del 1900, de soleados mostos, el de la fibra de cáñamo, de quintas de recreo, de locales típicos como Los Paltos y Cádiz con su chicha y chancho…historia andina que ya camina lenta…

 


 
 
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