Viernes, 5 de Junio de 2020  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural...Amelia la Abeja de Cristal...

Por Sergio Díaz Ramírez, Crónicas de pueblo.

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Amelia la obrera, recorre grandes distancias en busca del escaso néctar que alguna vez abundó en Aconcagua. Sus alas se esfuerzan y mueven a mil. Su experiencia le hace encontrar las flores escondidas y anunciarlas a sus compañeras para hacer, al igual que antes, las puras mieles de cristal.

Si bien ella es de las obreras, se distingue de las demás por su paciencia e inteligencia. Dicen que detecta los huilles de pre cordillera, los perfumes de los espinos, los pistilos de los cactus de cerro, las manzanillas de la abuela Estela, las blancas flores tempraneras de los almendros y hasta los esquivos rosetones de la higuera.

Posee otro secreto y ha dirigido mil batallas con sus millones de compañeras en polinizaciones de huertos comerciales, escapando de las pulverizaciones en perales de El Sauce, en paltos de Panquehue, ciruelos de Campos de Ahumada, mandarinas en Rinconada y crisantemos en San Felipe. Tres de cuatro cultivos alimentarios son polinizados por insectos y otros.

Ella es eterna, no es de temporada de semanas como las otras. Tiene en su memoria y genes la información que mantiene aún las colmenas en Aconcagua, organiza los ejércitos y sucesivas progenies para combatir las largas sequias, las devastadoras barroas, las poderosas cargas ambientales de pesticidas, las talas clandestinas de flora nativa y la indiferencia del hombre por el cuidado de la naturaleza.

Amelia descubre hasta siete mil flores por día y junto a las otras abejas, requieren cuatro millones de visitas para solo un kg de miel, claro que disponen de otro ardid: cargas eléctricas para saber si las flores poseen polen y así no pierden energías en capullos vanos. Además se comunican con alegres bailes al interior de las colmenas, para recibir ayudas de búsquedas de nutrientes. Nunca fallan las margaritas como fuente de polen, al tener múltiples floraciones en cada temporada.

No es la reina, pero procura que todo funcione para una buena reproducción. No es la pareja sin embargo supervisa que los zánganos se activen y cubran la reina. No es la madre, pero alimenta miles de crías. Ella es capaz de ver que el almacenaje colme las celdas y se requieran las alzas, incluso ha viajado al sur en tiempos de plagas y escasez de alimentos.

Observa también las abejas aguateras, vitales en la recolección del agua para mantener la temperatura de la colonia y criar en buenas condiciones, procurando alimentos con un setenta por ciento de agua, diluyendo miel y polen.

Aun se escuchan los zumbidos en las tierras andinas, cuando las alas baten con una frecuencia de 11.400 veces por minuto, cuando las trabajadoras van y vienen con el polen en sus patas, cuándo las mismas construyen las celdas del panal o vigilan sus colmenas. También se siente el clavetear de los artesanos apicultores, construyendo cajones y alzas, movilizando esas reinas y obreras, incluyendo a los zánganos en la noble función de obtener el alimento más perfecto que nos ha dado la naturaleza.

Desde climas lluviosos y fríos, en montañas Descabezado y Nevados de Longavi, cruzando el rio Claro, creciendo en laguna del Maule, mirando las carretas desde pequeños, cocinando en braseros de carbón, llegaron al Aconcagua con Juanito en la barriga. Doña Amelia y Guillermo, los autodidactas de la miel de cristal, los artesanos de colmenas transparentes, los que emulan el trabajo y organización de las abejas han hecho su hogar y panal en los caminos de Foncea, terruño de emprendedores de San Esteban.

 

 

 


 
 
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