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Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Toyito Hernández: los años de cordillera.…

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Se iniciaba la década de los cincuenta y un niño de apenas ocho años montando a su macho Castaño seguía la huella de su padre Custodio, en un polvoriento camino que direccionaba a la alta cordillera. Quizás no tenía claro las ocho horas de recorrido, los pueblos del camino o las exigencias físicas que ello implicaba, sin embargo, las enseñanzas de su padre, aventuras relatadas y la inmensidad del cajón, lo entusiasmaban de sobremanera. La marcha de su cabalgadura no se despegaba del macho llamado Indio, que montaba su progenitor, mientras el trote de la yegua pilchera denominada Huacha, relinchaba si la apuraban.

Ya habíamos retrocedido setenta y seis años, mientras Custodio Enrique Hernández Morales se acomodaba en el asiento de su casa ubicada en el interior de La Falda, por ahí en el predio de Rafael Bianchini. Definitivamente estábamos entrando al túnel del tiempo, donde su mirada parecía perderse y relataba con detalle una historia que se resiste a olvidar. Llama la atención su lucidez envidiable y una memoria donde a cada momento nos traía acontecimientos casi desconocidos de la historia de nuestro valle. Mientras apuraba su macho Castaño, la curva de Juncal ya estaba a la vista, era octubre, pero recuerda que la brisa fresca de la tarde azotaba el espinazo.

La mirada del pequeño arriero trataba de asimilar un entorno desconocido, mientras los balidos y mugidos del ganado de veranada se asentaba en aquel cajón andino. La estación del Trasandino era lo que tenía mayor movimiento, incluso con carros jaula repletas de ganado bovino que tenía su origen en la pampa argentina y cuyo destino final era Lima, Perú. Pero la arriería era solo una de las funciones de su padre, pues su rol principal era el de cuidador de una casa vinculada a la mina de yeso, además de tres hornos donde se procesaba el material. Carlos Tassara dirigía las actividades de la Yesera, mineral que se encontraba al final del cajón de Juncal, desde donde debía extraerse.

El ganado iniciaba las pariciones, mientras la producción lechera iba en aumento, gracias a la lactancia y buen talaje cordillerano. Custodio se endereza del asiento y hace los movimientos que recuerda de esos años, pues cada viernes ensillaba su macho Castaño. Mientras su padre le amarraba un gran canasto a la cabecera de la montura y acomodaba setenta quesos realizados entre el sábado a jueves de la semana. Muy de madrugada iniciaba la bajada a comercializar el producto, su primera parada era con algún turista de Ojos de Agua, luego en Rio Blanco donde varias caseritas se acercaban a la ruta, más tarde Rio Colorado, Chacayes, Primer Quebrada y Portezuelo Amarillo. Ya muy tarde en la noche llegaba a su casa de Cariño Botado, con el canasto que aún cargaba tres quesos para su madre y hermanos.

Si la bajada descrita era memorable el regreso de madrugada cada lunes no se quedaba en zaga. La salida del Cariño era tipo tres de la madrugada y ya había dejado atrás el antiguo Camino Real y tomado la ruta internacional. Algunas veces se encontraba con arreos más tardíos y normalmente con la subida de los buses Cata, como única empresa de transportes de pasajeros de la época. El paso firme del macho Castaño tomaba un ritmo impresionante como sabiendo que lo esperaba su compañero Indio y la yegua Huacha. El perro bautizado como Alerte de Juncal lo presentía cuando le faltaban alrededor de cuatro kilómetros y anunciaba su llegada, semana a semana. El humo de los hornos le indicaban que su padre estaba en plena faena de la minera.

La conversación ha tenido derivadas increíbles. Si hoy vemos el Parque Juncal, transformado en sitio Ramsar, desde 2010, con actividades de senderismo y protección al medio ambiente, cuya propiedad sigue perteneciendo a la familia Kenrick, desde principios del siglo XX, emociona escuchar un relato personificado en un niño de 8 a 10 años, que recorrió la inmensidad del cajón, desde la Quebrada de los Burros hasta la Yesera, al final del glaciar El Juncal. Ahí estaba al lado de la frontera un diapiro de yeso trabajado en cantera, obreros con picota, machos cargueros y carretas de bueyes herrados mugiendo y bajando la carga de roca mineral…hasta el humo de los hornos que encendía su padre Ángel Custodio Hernández Quiroz.

La locomotora E-100 del Trasandino lo inquietaba durante la mañana y enfilaba como mula descarriada a las alturas de la montaña, buscando la cota de Portillo Viejo tenía que encontrar la vuelta llamada en el sector como La Cincuentaicinco, asociando al kilómetro de la vía. La estación Juncal muchas veces bullía de gente, turistas y operarios, lo que sacaba de la rutina de arriero a Toyito, lo mismo que una pulpería llamada El Hogar, cuyos recuerdos de encuentro social no dejaban desperdicios.

Con los años, muchas de aquellas faenas desaparecerían, pero en la memoria de Toyito permanecen los nombres de los animales, el ataque de los buitres a las crías, el paso limítrofe clandestino, el peso de los quesos, las madrugadas y la casa de piedra junto a los hornos. Su infancia no se recuerda por juegos interminables ni por días despreocupados, sino por una temprana responsabilidad aprendida a lomo de mula. En la cordillera de Juncal, el muchacho fue creciendo al ritmo del trabajo y de las estaciones. Y quizá allí, entre el silencio de la montaña y el camino que unía los caseríos con el valle, comenzó a formarse ese hombre que todavía hoy guarda, con una precisión admirable, las historias de su vida.

Nota: Aquí dejamos un capítulo emocionante de la vida de Custodio Hernádez, una niñez representativa de la antigua hacienda y arriería andina, pero iremos por más, acompáñenos en un futuro segundo capítulo de uno de los tesoros vivientes del campo sanestebino.

 


 
 
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