Recuerdo muy bien un viaje a Salamanca, en 2011. Me acompañaba Juan, un entomólogo de San Vicente de Tagua Tagua, quien se encontraba de comisión en el programa de control de Lobesia botrana, la polilla de la vid. Eran varias horas de conducción y, entre conversaciones de campo, comenzó a hablarme de su tierra, Pichidegua, y de los recuerdos de aquel terruño donde había crecido.
Sabiendo de mi afición por las gallinas, en algún momento me preguntó si conocía las patojas. La verdad es que me dejó descolocado: una gallina de apariencia normal, pero con los tarsos muy cortos. Entonces, con toda naturalidad, me contó que su madre siempre las había criado. ¿La razón? Una explicación tan sencilla como campesina: eran “fáciles de pillar a la hora de la cazuela”
Aquella palabra quedó dando vueltas en mi cabeza. ¿Qué era exactamente una Patoja? ¿Se trataba simplemente de una curiosidad campesina? o estábamos frente a uno de esos tipos de gallina que el campo fue seleccionando durante generaciones, sin libros de genética ni registros genealógicos, solamente mirando, criando y volviendo a escoger. La pregunta parecía pequeña, pero detrás de esas patas cortas comenzaba a aparecer una historia mucho más remota.
Al buscar sus antiguos nombres, apareció una sorpresa. En 1875, el diccionario de chilenismos de Zorobabel Rodríguez registraba la palabra pachacho, aplicada especialmente a las gallinas de piernas muy cortas, pero de cuerpo semejante al de las demás. Décadas más tarde, Rodolfo Lenz volvería a recoger el término y lo relacionaría con voces como ñango y patojo. No era, entonces, una palabra nueva ni una rareza de Pichidegua: aquella gallina llevaba largo tiempo formando parte del lenguaje popular chileno.
La literatura también guardó memoria de ella. En 1914, Rafael Maluenda publicó La Pachacha, una novela de costumbres avícolas donde aquella gallina, gruesa y de patas cortas, había nacido y crecido en el rincón de un huerto, junto a una acequia, hasta llegar al corral de un criadero. La Pachacha de Maluenda no era una abstracción zoológica: pertenecía al paisaje campesino, al mundo de los inquilinos, los huertos y los gallineros donde convivían las aves criollas con los ejemplares considerados finos.
Pero la historia de las gallinas de patas cortas no comienza en Chile. Mucho antes, en distintos lugares de Europa y Asia, los criadores habían reconocido y conservado aves con esta característica. En Alemania estaba la antigua Krüper, de patas extraordinariamente cortas y cuerpo de tamaño normal; en Francia existieron las Courtes-pattes, también conocidas por sus extremidades reducidas. Y en otros países aparecieron poblaciones y razas con características semejantes. El campo de distintas latitudes, cada uno a su manera, había aprendido a reconocer aquella particularidad.
En las Courtes-pattes francesas existe incluso una descripción que parece salida de cualquier conversación de campo: caminaban como pato. Y en Chiloé encontramos una coincidencia que llama la atención: el término ñango se utilizó para referirse al gallo o la gallina de patas cortas, precisamente por su particular manera de caminar. Son semejanzas culturales interesantes, aunque no permiten afirmar que aquellas aves tuvieran necesariamente un mismo origen.
También existe una explicación genética para muchas de estas gallinas de patas cortas. En diversas poblaciones conocidas como creepers, el carácter está asociado a una alteración genética denominada Cp, que afecta el desarrollo de las extremidades. En determinadas combinaciones puede resultar letal, por lo que las aves de patas cortas que sobreviven generalmente portan una sola copia de la variante. Sin embargo, todavía no podemos afirmar que la Patoja chilena posea exactamente esa misma modificación sin estudiarla genéticamente. La semejanza exterior no basta para demostrar un parentesco.
Y aquí vuelve a aparecer la sabiduría del campo. La Patoja fue reconocida en distintas zonas rurales de Chile, particularmente en territorios del centro-sur, y en registros patrimoniales aparece como una gallina pequeña, de patas notoriamente cortas. En esas poblaciones campesinas también se reconoce la presencia de características provenientes de aves introducidas. Es perfectamente posible que antiguos ejemplares llegados desde Europa hayan aportado determinados caracteres y que, posteriormente, los campesinos chilenos los conservaran y seleccionaran dentro de sus propios gallineros.
Por eso aquella conversación de 2011, camino a Salamanca, terminó abriendo una pregunta mucho más grande que la de una gallina fácil de pillar para la cazuela. No sabemos todavía si la Patoja chilena desciende directamente de alguna población europea de patas cortas, si recibió aportes de distintas aves introducidas o si hubo procesos independientes de selección en nuestros campos. Lo que sí sabemos es que mucho antes de que la genética nombrara sus caracteres, el campesino ya había aprendido a reconocerlos. Y quizás eso sea lo más hermoso de esta historia: una gallina de patas cortas pudo viajar por el mundo, pero en Chile encontró un nombre, un lugar y una historia propia.
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