Ha comenzado el calor en el valle de Aconcagua, pero una visita por la tarde a la hacienda Rinconada todavía resulta especialmente agradable. Septiembre ha pintado de verde sus lomajes, mientras la estepa de espinos invita a subir hacia el gran Peñón y buscar, más arriba, las frescas aguadas de el Peral.
En estas crónicas hemos seguido otras veces las huellas de viejos caminantes, hombres que parecen llevar la historia del terruño a cuestas. Esta vez veníamos tras otro personaje. Un gigante del deporte, apasionado por el ciclismo de montaña, al que los antiguos moradores recuerdan subiendo el monte por las mismas huellas que todavía utilizan los animales. Así lo describen quienes conocen estos cerros.
Pero no veníamos a buscarlo por el deporte. Había otra pasión, mucho menos visible, que nos había llevado hasta él. Una pasión que tiene poco de bicicleta y mucho de fuego, acero y paciencia.
Al llegar a su casa me encuentro primero con su padre. Le pregunto qué opina de la actividad de su hijo y, rápidamente, la conversación nos lleva a los años cincuenta, cuando su propio padre, en los campos de Rengo, aprovechaba viejas palas de riego para forjar cuchillos afilados, capaces de cortar los corriones de cuero de toro utilizados en los aperos de montura.
Sin buscarlo, comenzábamos a encontrar una antigua tradición familiar ligada al fuego y al acero. Allí aparecía también el nombre de Arcadio Vásquez, antepasado que parecía explicar parte de esta historia.
Llega César Vásquez Zúñiga, 45 años, prevencionista de riesgos. Rápidamente entramos al taller. Sobre los mesones se suceden hojas de cuchillos en distintas etapas de elaboración, herramientas y máquinas que para mí resultan lejanas, junto a materiales que parecen conservar el olor del acero, el carbón y la fragua. La conversación comienza a transitar entre recuerdos del pasado, experiencias en lugares lejanos y proyectos que miran decididamente hacia el futuro. Mientras César explica cada elemento, el taller va revelando poco a poco un mundo que hasta entonces desconocía.
César habla de caldeos, forja, estiramiento y templado. De la transformación de la palanquilla de acero bajo temperatura y presión, y de las sucesivas operaciones necesarias para conseguir las formas y patrones que busca. La conversación va y viene entre la memoria familiar, los aprendizajes realizados en lugares lejanos y una mirada hacia el futuro que sorprende por su convicción: aquí no parece haber solamente un aficionado a los cuchillos, sino alguien que está construyendo, con paciencia y oficio, un camino propio dentro de la cuchillería artesanal.
Si retrocede diez años en la memoria, se ve dando sus primeros pasos en el oficio junto a aquel profesor de forja de la Escuela Industrial de San Felipe. Años más tarde vendría el aprendizaje con el maestro argentino Mauricio Daletzky, acendrado en el pueblo de Sauce Viejo, allá en la provincia de Santa Fe. De Mauricio aprendió una filosofía que le quedó grabada a fuego: “Son mis manos y mi esencia las que vuelan a través de mis piezas”. Aquellos diez días a fuerza de yunque y martillo junto al maestro argentino fueron el impulso que necesitaba. Desde entonces descubrió la profunda emoción de sumergirse en su taller cuando el pueblo ya duerme. La pasión de desvelarse entre el olor a carbón y el chisporroteo del hierro, mascullando anhelos hasta las tres de la mañana, justo cuando los búhos en los cerros de la hacienda recogen el vuelo y dan por terminada la cacería.
Mientras me explica los pormenores de su trabajo en acero de Damasco, toma uno de sus cuchillos de hoja rabiosa y, sin el menor esfuerzo, tajea una hoja de papel en el aire con absoluta suavidad. El gesto trae a la memoria aquellos años de Las Cruzadas, cuando las célebres espadas damasquinadas cobraron leyenda, ya que sus hojas eran capaces de rebanar un paño de seda al vuelo o de mellar la dura roca sin perder jamás su prodigioso filo.
El acero guarda en sus entrañas un dibujo que, de entrada, nadie puede ver. César se dedica a buscarlo durante largas horas de afán entre el chisporroteo del fuego, el bramido de la prensa, los repetidos caldeos y el rigor del templado. Solo al final, cuando sumerge la pieza en el baño de percloruro férrico, el metal revela su secreto y saca a la luz el patrón que hasta entonces solo habitaba en su imaginación.
Entre el boceto en el papel y el acero incandescente hay un abismo que solo la maestría sabe cruzar. Lo suyo es una terca devoción por el carbono y el cobre, noblezas metálicas de temperamentos opuestos que exigen puntos de calor completamente distantes para dejarse abrazar. Esa paciencia de artesano y el sudor a orillas del yunque terminaron por labrarle un nombre con peso propio en Latinoamérica; una huella firme que lo llevó a exponer en la prestigiosa Muestra Anual de Cuchillería (MAC) de Buenos Aires y a medirse codo a codo con los mejores en La Liga del Yunque.
Debo confesar que esta historia aún no cierra su ciclo; sus brazas siguen encendidas. Nos queda pendiente entrar en las vidas de Elvio Cabezas y Federico Zegers —ingeniero el uno, psiquiatra el otro—, quienes junto a César caminan el sendero del acero pulido y la cuchillería. En la complicidad del taller, suelen dejar pasar las horas entre relatos de viajes, memorias compartidas y la intensa faena de los caldeos. Con el humor noble de los compadres, se bautizaron a sí mismos como Los Cuchilleros, o bien Forja terapia, en guiño socarrón al oficio del médico. La invitación a su templo de humo y fuego ya ha sido extendida, y quedará ver qué otros secretos y pasajes nos depara tan singular historia.
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