Viernes, 17 de Julio de 2026  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Bodega Briones: los muros de la memoria. Capítulo II.

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Pocas veces se observan in situ los trabajos de una restauración patrimonial para la puesta en valor de casi 200 años de historia, en beneficio de todo el valle del Aconcagua, gracias al interés y esfuerzo de la familia Ahumada Briones. El arquitecto conocido como “el Señor de las tierras” y su equipo, ya habían empezado a conocer la historia que los muros iban entregando.

Antes de que las viejas puertas de madera hablaran de vendimias y lagares, el suelo ya guardaba memoria. Bajo los pies sobreviven las baldosas hidráulicas que, hace más de un siglo, llegaron para vestir el almacén de la bodega. Cada flor de cemento fue prensada artesanalmente, una por una, cuando todavía el baldosero era tan importante como el tonelero o el viñatero. Sobre ese mismo piso caminaron compradores de chicha como Carlitos Ordenes, Mario León, Camito con su traje y ojotas, o carretoneros cubiertos de polvo. No es solo un pavimento: es un testigo silencioso de la vida cotidiana de la familia Briones y del antiguo valle del Aconcagua. El paso del tiempo aún las difumina, sin embargo, es posible imaginar un delicado pulido que las hará renacer.

Entre los gruesos muros de barro sobrevive una pequeña ventana de madera (como lo muestra una foto adjunta), tan modesta como indispensable. No nació para adornar la fachada ni para ofrecer vistas al valle. Su misión era otra: dejar apenas pasar la luz necesaria, permitir que respirara la bodega y resguardar, tras sus postigos de madera y su viejo pestillo de hierro, la calma donde maduraba la chicha. Como los ojos de las antiguas casonas campesinas, esta ventana ha visto pasar generaciones sin moverse un centímetro de su lugar.

Mientras los restauradores retiraban cuidadosamente las capas añadidas por el tiempo, la bodega comenzó a contar una historia distinta. Los muros hablaban. Allí aparecieron la tapia, adobe y adobón, materiales nacidos de la misma tierra del valle. No habían llegado en tren ni en barco; habían sido extraídas del lugar, mezcladas con agua y paja, moldeados por manos campesinas y levantados con paciencia. Era una arquitectura que no buscaba imponerse sobre el paisaje, sino formar parte de él. Dicha restauración no sólo recupera un edificio, sino que también la inteligencia constructiva de los antiguos maestros y capataces, que levantaron esos muros que han podido resistir más de cien años.

Otro descubrimiento llamó especialmente la atención del arquitecto encargado de la restauración. Sobre la antigua puerta apareció un enorme dintel de madera de gran escuadría cuya longitud supera ampliamente lo que era habitual para una abertura de estas dimensiones. Mientras en muchas construcciones bastaban apoyos cercanos al medio metro, aquí el maestro constructor decidió extender la viga más de un metro sobre los muros laterales. Esa decisión, aparentemente sencilla, permitió distribuir mejor el peso de la estructura y otorgó a la bodega una resistencia extraordinaria frente a los terremotos que, durante más de un siglo, han sacudido el valle de Aconcagua.

Hoy la antigua puerta ya no conserva las mismas hojas de madera que conocieron las primeras generaciones de la familia Briones. El tiempo trajo nuevas necesidades y una cortina metálica enrollable ocupo su lugar. Sin embargo, el vano permanece intacto, sostenido por el enorme dintel centenario que aún resiste sobre los muros de adobe. Cuando la luz del amanecer se cuela por las rendijas, parece que el almacén volviera a despertar, como si esperara nuevamente el sonido de las ruedas de una carreta, el relincho de las mulas o el saludo de Pepe Quiroga que venía por unos litros de chicha. Definitivamente detrás de esa puerta vive el pasado de Sixto Reyes, Juan Toro o Joaquín Reinoso.

El arquitecto trabaja la tierra extraída de la cáscara del muro, la bate con arena en tambores de 200 litros, agrega paja molida y forma un estuco ya maduro que está por cubrir los muros aplomados que siguen ahí después de más de un siglo. Para un lego en construcción son inexplicables unas cicatrices diagonales de arriba a abajo de izquierda a derecha en un muro y en el otro en dirección contraria, la respuesta no se hace esperar, la onda sísmica va en una dirección y vuelve en otra.

El arquitecto no conseguía que el estuco se aferrara a una viga maestra vertical, de pronto cayo un gran pedazo de este material, mientras se comentaba el fenómeno, en medio del silencio de la bodega, una carretilla con tierra se volcó completamente sola. Nadie la había tocado. No había corrientes de aire ni movimientos que justificaran lo ocurrido. El ruido hizo que todos volteáramos al mismo tiempo. Fue entonces cuando Rodrigo Ahumada, con una mezcla de sorpresa y respeto, rompió el silencio con una frase que quedó suspendida entre aquellos viejos muros… No estamos solos.

Hay quienes creen que una restauración consiste en reparar muros. En la bodega Briones ocurrió algo distinto:se restauró también la memoria. Porque entre adobes, vigas y tierra centenaria, parecía que antiguas generaciones seguían recorriendo en silencio los mismos pasillos donde alguna vez elaboraron la chicha que dio fama a este rincón del Aconcagua.

Nota del autor: Durante toda la nota me he referido al profesional a cargo de la restauración como “el arquitecto”, lo que no fue un recurso casual. Antes de conocerlo toda la gente con quien hable se referían a él, de esa manera, como si el hombre y el oficio fueran una sola cosa. En esta historia de memoria y legado Ariel Espinola Olguín, se ha revelado por sus actos más que por sus títulos.

Los hermanos Ahumada Briones confiaron dicha obra por la experiencia de Ariel y su equipo, pues estuvieron a cargo de la restauración de los muros patrimoniales de grandes obras como: Hacienda Quilapilún (Anglo American) y Centro Cultural Pedro Aguirre Cerda (Calle Larga).

Próxima semana último capítulo de bodega Briones.


 
 
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