Martes, 20 de Abril de 2021  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Los Tapiales de Vitalicio …

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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De niño corría en las polvorientas calles de la comuna de Canela, Cuarta Región, campos tradicionales del norte chico, donde los cactus y cabras cubren los paisajes de la zona. Su padre y abuelo daban forma al pueblo al trabajar las arcillas en la construcción de casas y tapiales. Pueblo heredado de las encomiendas, haciendas, ganadería y minería. Su importancia incluso viene de antes, con los asentamientos indígenas bastante remotos y posteriormente con la conquista del imperio inca.

Sus yacimientos de oro, la convirtieron en una tierra deseada y llena de historias y leyendas, de manera que, al haber recursos y alma, los trabajos de construcción requerían hombres talentosos, y en eso la familia Andrade llevaba la delantera. No sólo tapiales observaba el joven Vitalicio, de hecho, ya a los 15 años se atrevía en el equipo de reconstrucción de casas patrimoniales.

La palabra “tapia” es pre romana y es una voz onomatopéyica, pues “tap” reproduce el ruido que se hacía en apisonar la tierra. Tapial es el tablero que sirve de encofrado y tapia es el propio muro de tierra pisada. Los tap tap de don Vitalicio con el pisón de acacia, en la pared de La Pampilla, reflejan en toda su magnitud los susurros de la antigüedad, las torres de las fortalezas y los miles de kilómetros de la muralla china.

Don Vitalicio afincado en nuestra tierra hace varios decenios, lleva 47 años en la actividad, con detalle experto describe las fases del murallón, sea original o restaurado. Lo primero es aislar el muro del suelo, para lo cual se comienza con un plinto o zócalo de piedras, generalmente aparejada en seco para evitar que absorba la humedad del terreno, sobre todo cuando llueve.

Nuestro clima andino ha podido mantener muros construidos por manos de indígenas y sambos, su temperatura, aire y volumen de precipitaciones hacen que nuestros ojos puedan disfrutar de trabajos coloniales. Un aspecto son las condiciones naturales, mas las manos expertas con milenaria herencia, son las que hace la diferencia. Razón por la cual los “Vitalicios” del mundo rural, el patrimonio humano vivo, debe ser reconocido en alma y función, para que niños y jóvenes se incentiven en esta técnica ancestral.

El maestro nos comenta que muchas veces debe restaurar muros y no solo construirlos. Ha notado que los muros antiguos tenían unos orificios casi verticales para evacuación del agua, lo que recuerda los duros inviernos del valle que en épocas pasadas se daban con regularidad. Ahí argumenta que se deben usar las maderas de álamo, tanto en los moldajes como sobre el muro, pues con la humedad el pino se dobla con facilidad. Corta los gruesos tablones de álamo en el icónico aserradero de Alto del Puerto en Calle Larga, donde el tiempo, sin duda, se ha detenido.

Una vez construido el zócalo, piedra a piedra pegadas con barro muy bien batido, se instala el moldaje o encofrado, la cual se llena con tierra pasada de humedad mezclada con paja. En la antigüedad se usó la crin de caballo para fortalecer la mezcla. El pisón de madera de acacio, resiste los poderosos movimientos de don Vitalicio, quien de manera eterna no deja de hacerlo. Los muros lentamente comienzan a alcanzar la altura final, para iniciar el proceso de secado, madurado y endurecido, de manera de ser liberado de los moldes, para que respire y delimite el terreno por los siguientes siglos.

Las calles escondidas de Valle Alegre y los fondos concursables estatales de restauración del patrimonio lo han tenido por largos meses en esas funciones. Los batidos de tierra arcillosa, paja de trigo y creatividad han logrado recordar los tiempos coloniales, imaginar los iluminados corredores con chonchones y dejar tangible la historia patria verdadera de los padres de Aconcagua.

Ver a don Vitalicio trabajar los muros, es ver un hombre sobrenatural. Su fuerza en el tap tap, no refleja su edad, las grietas de rostro y manos, recuerdan los tiempos pasados, más su vitalidad nos augura el futuro. Los tiempos verbales se conjugan en sus muros, los recuerdos de su padre y mentor don Bernardino lo enorgullecen y sus obras reflejan un camino que nos muestra un artista en su máxima expresión, sencillo, sabio y talentoso.


 
 
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