Miercoles, 28 de Octubre de 2020  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Rompiendo el silencio. Las peñas en la Iglesia Nuestra Señora de Fátima

Por Diego Araujo Pérez, estudiante de Periodismo, Universidad de Chile y Cristián Pérez, historiador del Centro de Investigación Periodística, Universidad Diego Portales.

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Medianoche de un frío sábado de otoño de 1984. En la iglesia Nuestra Señora de Fátima del barrio Centenario, en la Villa Santa Rosa de Los Andes, en una semi penumbra, dos cientos jóvenes corean “La Muralla”, interpretada por una veintena de músicos que tocan sobre una improvisada tarima. Concluía la primera peña folclórica, post golpe de Estado que ponía fin al silencio impuesto por la dictadura cívico-militar en la ciudad.  

A comienzos de los años setenta, Los Andes contaba con un variado panorama cultural. Existían grupos musicales estudiantiles, círculos literarios, bandas de música de instituciones, grupos de teatro, programas de radio dedicados al folclore y veladas liceanas. Pero, desde septiembre de 1973, el silencio se apoderó de la urbe al igual que en todas las ciudades chilenas.

Hacia 1984 nuevos actores cuestionaron el silencio dictatorial alineándose con un movimiento opositor que se articulaba en todo el país y comenzó a renacer la vida cultural y política.

Iglesia Nuestra Señora de Fátima

La parroquia ubicada en la plaza del barrio Centenario fue inaugurada en 1948 por el sacerdote Raúl García, en un terreno donado por la familia Navarro.

En 1984, el párroco era Artemio Alvial, que tenía un pasado de sacerdote comprometido con las aspiraciones de los más humildes y la defensa de los derechos humanos. En septiembre de 1973 había sido uno de los prisioneros políticos en el mercante “Lebu”, anclado en Valparaíso. Posteriormente fue capellán del Hospital San Juan de Dios de Los Andes, y párroco de las iglesias Nuestra Señora de Fátima, Asunción y Santa Rosa. Mientras se desempeñaba como sacerdote encargado de Fátima, se dedicó al servicio de la comunidad de Centenario, no sólo en materia religiosa, sino que también brindando apoyo al renacimiento cultural de la ciudad silenciada. Además, en 1985, Alvial recibió en su iglesia a los jóvenes de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, que venían a realizar trabajos voluntarios en Aconcagua. Algunos serían detenidos el 8 de febrero por Carabineros, mientras que el resto encontró refugio en el templo.

Las peñas folclóricas: el fin del silencio cultural en la ciudad

A comienzos de los años ochenta, Bernardo Arriaza, presidente de la Juventud Demócrata Cristiana junto al grupo de teatro "Nueva Dimensión Cultural", comienzan a realizar “café concert”. Arriaza recuerda: "Eran instancias donde se hacían sketches o parodias sobre el acontecer nacional, se leía poesía, se cantaba música que burlaba la censura dictatorial. Entre otros, participaban Fermín Zamorano, Raúl Quiñones. El público que asistía era lo que hoy llamamos adultos jóvenes. Estos eventos se realizaban los viernes o sábados. En un principio se hicieron en el Hotel Plaza facilitado por Francisco Perinetti; luego en el Círculo Italiano, prestado por don René Mazuela; en el Hotel Colonial, de la familia Illanes; y El Conquistador, del señor Henríquez. En esos encuentros también se conversaba sobre el devenir nacional y local”.

Los “café concert” no superaban las dos decenas de asistentes, porque cualquier reunión de ese tipo estaba prohibida y los asistentes corrían riesgo.

La necesidad de masificar la oferta cultural llevó, entre otros, a Carlos Henríquez, dirigente del Partido Socialista, a organizar desde el otoño de 1984, en la Iglesia Nuestra Señora de Fátima, un ciclo de peñas folclóricas que extendería por dos años. La producción artística de los eventos estaba en manos de los músicos Víctor Acevedo, Nani Mendoza, Mario García; en la logística Roxana Barahona, Francisca Viguera, Rodrigo Montenegro, José Merino, Luis Henríquez, Jaime Morales, quienes formaban la Comisión de Derechos Juveniles (Codeju), y el párroco que facilitaba las instalaciones.

Las peñas se hacían en un salón adjunto a la nave central. La sala estaba ubicada en el lado sur. Era un espacio largo y angosto con ventanas. Contaba con bancas, algunas sillas y mesones. Al igual que los “café concert”, estas instancias eran un lugar de encuentro de opositores a la dictadura y la principal escena cultural de la ciudad. 

Algunas peñas se organizaron para ayudar a gente damnificada por catástrofes naturales, como el terremoto de 1985 y los aluviones de El Patagual en 1986. Víctor Acevedo, músico y productor artístico de esos eventos, relata:

 “Fue una peña que le sirvió mucho a la gente del Patagual, juntamos mucha comida y ropa. Ellos habían quedado sin nada después de un año muy lluvioso”.

Las condiciones técnicas de estas actividades no eran óptimas. Los parlantes y micrófonos eran facilitados por la Parroquia. De hecho, tres o más artistas cantaban al mismo tiempo en el micrófono, y no se podían amplificar los instrumentos. Las bandas no contaban con batería, ni bajo, debido al alto precio de estos equipos.

Los grupos eran de Los Andes, y su estilo musical era el género andino y la nueva trova, con clara tendencia política de izquierda, como Illapu, Schwenke y Nilo, Víctor Jara, Patricio Manns y Mercedes Sosa, entre otros. Los grupos y artistas más recordados fueron Chungará, Llacuni, Miguel Ángel Gómez, Tierra Nueva y Trío Semilla. La mayoría se disolvió con el tiempo, siendo Chungará uno de los que se ha mantenido hasta nuestros días. 

El evento más grande realizado es rememorado con felicidad por Víctor Acevedo:

“Recuerdo que estábamos en el salón chico de la iglesia, y estaba tan lleno que no cabía nadie más, éramos cerca de 300 personas.  En ese momento, el cura Alvial saca las cosas sagradas de la iglesia, las guarda, y se acerca a nosotros para decirnos que podemos usar el salón principal. Cuando ya estábamos terminando, nos subimos más de veinte artistas a cantar “La Muralla”, de Quilapayún, y se escuchaba muy bonito”.

El público eran jóvenes contestatarios, militantes de organizaciones políticas, familiares de organizadores y músicos, y normalmente se terminaban a la una de la madrugada, para no correr riesgos innecesarios al volver a casa después de haber participado en un acto antidictatorial.

Las peñas estaban monitoreadas por las autoridades militares. José Merino, recuerda que, en cada evento, frente a la puerta principal del templo, vigilaban siempre dos personas extrañas, que probablemente eran agentes de la Central Nacional de Informaciones (CNI). En una ocasión llegaron los carabineros hasta el lugar. Mario García, músico de Chungará lo relata: “Había un grupo de personas afuera de la iglesia charlando, cuando llegaron los carabineros gritando y queriendo llevarnos detenidos. Nosotros, inmediatamente nos resguardamos dentro de la iglesia hasta que se fueron”. Los policías no ingresaron al templo, probablemente para evitar un conflicto mayor con la jerarquía católica.

En 1986, y tras la realización de más o menos seis peñas, estas actividades fueron trasladadas a otros recintos, porque, entre otras razones, el cura Alvial fue trasladado a la parroquia Santa Rosa en el centro de la ciudad.

En 1988, en el marco de la campaña plebiscitaria por el No a Pinochet, las actividades culturales y políticas dejaron de ser semi clandestinas para realizarse abiertamente. Así, los jóvenes andinos ocuparon el local de la Escuela Parroquial, en calle Yerbas Buenas; la sede del sindicato de trabajadores de Codelco Andina, en Avenida Argentina; el sindicato Sila, en la misma avenida, y varios locales gastronómicos en el centro de la ciudad.

Epílogo

Casi cuarenta años han pasado desde aquella primera peña folclórica en Nuestra Señora de Fátima, que puso fin al silencio cultural de más de una década en la ciudad. Hoy los jóvenes organizan “tocatas”, en las que muestran las nuevas tendencias culturales, y manifiestan su descontento con las injusticias. Ellos son continuadores de esta sabía tradición andina. ¡Que sigan así!

 

 

 


 
 
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