Martes, 14 de Julio de 2020  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural...El Campo del 1900...Capítulo I…

Por Sergio Díaz Ramírez, Crónicas de pueblo.

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Campesinos -de poncho, sombrero y de a caballo- recorrían esos campos en largas jornadas, pero tenían su refugio familiar en casas de adobe y tejas chilenas, donde se desarrollaba una serie de costumbres que llenaban el día a día, la mayoría de las cuales se han ido perdiendo. Independiente de las tradiciones, la forma de vida hacia saborear ese acogedor ambiente.

De manera desordenada conversaremos de una serie de actividades que eran de época.

En la zona central costera, desde fines de agosto y durante todo septiembre, se iba al cerro a cortar pencas, plantas de hojas largas y espinudas, para realizar las inolvidables ensaladas. A medida que maduraba la planta la inflorescencia formaba una alcachofa que los niños y jóvenes sacaban y consumían de manera directa.

Para el postre la cosecha de tunas tenía su ceremonia. Debía ser temprano para evitar el vuelo de las espinas, para lo cual se utilizaba un palo con un tarro amarrado en el extremo. Los frutos iban a un canasto para posteriormente extenderlas en un saco de arpillera y barrerlas con una escoba. Manos duras de trabajadores campesinos para la delicada tarea.

La caza de conejos para el estofado o causeo era de culto. Se encargaban alambres delgados y negros para trenzar en unas 8 hebras que iban con una lazada y en el otro extremo una estaca de arbustos de tebo para los terrenos blandos y fierro para los suelos secos y duros. Se subía por la quebrada y en cada rastro de conejos se armaba el huachi. Al otro día en la madrugada se recorría, antes que el peuco o zorro aprovechara la ocasión. Primitiva y hermosa época donde se cazaba para el consumo sustentable.

 

El abastecimiento de mercadería implicaba viajes en camiones para el pueblo. Posteriormente, en la década del 60, las micros reemplazaron este medio de locomoción y, tres veces a la semana y muy temprano en la mañana, pasaba el destartalado bus recogiendo a la gente de los campos. El microbús regresaba en la tarde, con su pasillo central abarrotado de un cuanto hay. Se iba, poco a poco, desocupando en cada paradero, que eran las propias entradas de las casas de los campesinos, que estaban a kilómetros de distancia.

Épocas de carestía y pocas comodidades. Era difícil entender como las tías o mamás anunciaban que darían vuelta las sabanas porque estaban muy gastadas. Sin embargo, lo lograban. El trabajo mágico consistía en hacer un corte longitudinal por la mitad de la sabana, girar los dos paños y coser por el medio las partes que estaban antes en los costados y por lo tanto con menor desgaste.

Cocinas a leña, braseros para calefacción, todo del bendito vegetal, pero sin motosierras. La tarea era ardua y comenzaba en los días de verano, cuando se iba al bosque en lomajes o quebradas y se cortaban árboles que se dejaban secar por meses. Posteriormente se acarreaban a las casas en carretas con bueyes. Largos días de afán, para dejar una ruma inmensa en el patio de la casa, donde poco a poco se iba picando, en la medida que se necesitaba, todo con hacha bien afilada.

Todo el pan era casero y amasado, tarea de unas tres veces a la semana. El delicioso pan se almacenaba en grandes canastos, en los que permanecería dos a tres días, envuelto en paños hechos con los sacos harineros, para conservarlo de mejor forma. El tema extra del amasijo era no solo prender el horno de barro, sino que ir al cerro en busca de ramas de romero o chilca para hacer una escoba con un palo largo y alambre, de manera de barrer las ascuas y cenizas de la plataforma de ladrillo.

Un alimento básico del campo del 1900 era la harina tostada, que se producía en cada casa. Luego de cosechar el trigo y toda la labor que ello conlleva, se seleccionaba una buena cantidad de grano bien aventado y se iba tostando -en la medida que se necesitaba- en una lata llamada callana. Ésta estaba colgada sobre las brasas y se movía ininterrumpidamente para tostar y no quemar el trigo. Luego se molía en el molinillo, artefacto indispensable en las tareas camperas. Ulpos fríos para el verano, harina tostada con azúcar para los niños y zancos en los desayunos madrugados.

Increíble pero cierto: las dueñas de casa lograban ocupar toda la mañana en cocinar. Apenas terminado el desayuno, se disponían a calentar la cocina a leña y poner ollas con agua y teteras hirviendo de manera infinita. Un clásico la cazuela de pollo o gallina, que partía por tirar el grano para pillarla, sacrificarla y colgarla un tiempo determinado, para luego desplumarla y cortar las presas para cocerla. El armado iba con las papas, zapallo y verduras. Unas dos o tres ollas por separado para luego concentrarse en una sola y estar a las12 en punto saboreando el plato. Como dice el refrán campesino, “una cosa es comer…otra es comer bien “.

¡Llegó el agua!, gritaba alguien cuando la acequia que pasaba por el centro del patio venia llena. Esto ocurría un par de veces a la semana y a lo menos dos personas de la casa corrían a ponerse botas de agua y buscar palas para conducirla a las tazas de los árboles, los cuales estaban atestados de frutos, incluso con puntales para evitar los desganches. La temporada partía con las inolvidables brevas y terminaba con los membrillos lúcuma.

Madrugadas de ordeña, desayunos con leche de apoyo, aguardiente y azúcar, días cálidos y eternos, gente trabajadora y amable, tardes de tranque y noches cansadas. Campo andino y chileno, recuerdos vivos de anónimos caminantes.


 
 
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