Miercoles, 2 de Diciembre de 2020  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural...Adolfo Nieto Vergara desde Lo Vicuña...

Por Sergio Díaz Ramírez, Crónicas de pueblo.

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Carga 80 años en la actualidad, se asomó a la vida en los años 40 en el fundo Lo Vicuña, tierra ubicada al nororiente de Putaendo, bellos paisajes de estepa próximo al sector de Guzmanes. A los 11 años, junto al patriarca familiar y abuelo Miguel, ya comenzaba a saber de la dureza de los trabajos del campo, descifrando los secretos de la trilla por un periodo de tres meses.

Su mirada serena invita a adentrarse en esos caminos de Dios, valles y quebradas asoleados de Chile central, territorio proveniente del país de los promaucaes (indígenas asentados entre los ríos Maipo y Maule), posteriores mercedes de tierra, encomiendas y grandes haciendas.

La encomienda de Putaendo la entregó la Corona a través de Pedro de Valdivia, el año 1549, al capitán Gonzalo de los Ríos, con sus correspondientes mercedes de tierra, por servicios prestados en la conquista española. Se creó un complejo productivo que lo privilegió como unos de los conquistadores más acomodados e influyentes, con haciendas agropecuarias, minas de oro, obraje azucarero, cría de ganado y comercialización de múltiples productos del campo.

A fines del 1700, la zona se constituyó en la Hacienda Lo Vicuña, donde el terrateniente Tomas Vicuña Madariaga controlaba su explotación ganadera y construía su casa patronal, capilla, bodegas y casas de inquilinos, lo que llevo nada menos que 130 años en concluirse, al ser realizada por etapas.

Con esa herencia del pasado se crió don Adolfo, derivado de un pesado sistema colonial, con inquilinos arrendando parcelas del campo, con empleados trabajando las tareas del riego, enfardadura, cosechas, trillas y ensacado. Solo faenas para los fuertes, con un té de desayuno, porotos al almuerzo, dos galletones y otro te al anochecer. Si bien a ratos se quiebra, dice que su tiempo fue mejor que el de su abuelo Miguel, sin duda estamos frente a un “duro” de los campos centrales.

Década del 60 y llega el mayor cambio social del campo chileno, iniciándose primero en predios de la Iglesia Católica y posteriormente en políticas gubernamentales. La Reforma Agraria, de golpe y porrazo un pueblo con escasa preparación, procesos difíciles de comprender, derivado de cuatro siglos de encomienda, esclavitud, inquilinaje, con una dependencia muy fuerte de la imagen del patrón. Tanto es así que en muchos fundos los propios trabajadores defendieron con armas dicho sistema e imagen.

En los 70, don Adolfo y familia, con doña Olga Montenegro Moreno como dirección fundamental, toman en propiedad los recursos derivados de la reforma. El fundo se dividió en 153 parcelas, ubicándose en lo que fue el potrero Salazar con una superficie de 9 hectáreas, un sitio en sector Casablanca y dos vacas paridas overas coloradas.

Con solo tres años de gracia para el pago de contribuciones y cuotas y una propiedad bastante aislada se trabajó la alfalfa, algo de venta de leche y crianza de aves y animales rurales. Días de caminos lejanos para el estudio de sus dos hijos, saltando escaleras para avanzar por los potreros, aunque lloviera. Lo mismo para las compras del emporio y comercialización de sus productos. Sin embargo, doña Olga recuerda con emoción esos inicios familiares, los remiendos de ropa y por cierto la llegada de su tercer hijo Felipe, el orgullo y regalón de la familia.

Su juventud y madurez la desarrollo en su propio suelo. Cada logro se compartió como éxito familiar, sin embargo su relato continuamente vuelve a la niñez donde la firma Martínez-Velasco y posteriormente don Pedro Ruiz y Manuel Vivar dirigieron Lo Vicuña, con alegrías de infante y tristezas de carencias.

Don Adolfo va y viene en sus imagines. Una sonrisa lo transporta al coloso racionero donde alimentaba los vacunos del fundo, luego de haber pasado el forraje por la picadora. Sin embargo, el suspiro profundo lo ubica en las siembras de trigo, lentejas pasto, porotos y maíz que cultivó toda su vida.

Gracias don Adolfo por haber compartido con su vida un pincelazo de la historia de la encomienda de Putaendo, el país de los promaucaes, la vida de haciendas y la reforma agraria, pero sobre todo un homenaje que su hijo Felipe quiso hacerle a un duro campesino aconcagüino quien ha  logrado mantener la parcela Salazar por más de 50 años.

 

 

 

 

 


 
 
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