Martes, 17 de Septiembre de 2019  
 
 

 
 
 
Opinión

Costumbrismo Rural- Chacras del fundo

Por Sergio Díaz Ramírez, Ing. Agrónomo Eco granja Parque Cordillera

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Jacinto y su paso cansino, mameluco engrasado, mecánico de tractores, cosecheras y enfardadoras, ha cumplido su jornada. Un té de hoja, postura de botas de agua, pala afilada al hombro y vamos a la chacra común del campo. Luego de atravesar el potrero de alfalfa, pasar la cerca mediante la escalera doble, se encuentra con la vorágine de trabajo de la limpia, cultivadora y riego. “Compadre -exclama con voz potente doña Eda- ponga el agua en las cebollas y se atraca al choquero, acá un causeo lo espera”

El potrero “el rulo” de 10 cuadras, fue seleccionado en la rotación de esa temporada (1965), para los veinte inquilinos de la parte plana de la hacienda. El tranque “El Piden”, completó la altura el invierno pasado, de manera que hay dos días de disponibilidad de agua de riego a la semana. Lunes y jueves se acerca la familia campesina a los trabajos de chacra, para obtener las hortalizas de verano y de guarda para el largo invierno.

Los tranques eran más que agua en aquellas épocas. Patos silvestres cuidaban la orilla, codornices y perdices mojaban y doraban su plumaje, un queltehue mostraba el aguijón de su ala para proteger las crías, las sábilas se convertían en balsas para divertir a las visitas de la ciudad y su nivel indicaba la abundancia o escasez que marcaría la temporada.

Uno de los beneficios del trabajador campesino de la época era esta media cuadra de chacra, junto a 40 quintales de trigo y 20 de harina flor, talaje para algunos animales y acogedora casa de adobe. Los fardos de alfalfa para los caballos también estaban presentes. Un modo de vida totalmente diferente, pasaron cuatrocientos años de encomiendas y haciendas. A la distancia un sistema muy discutible, sin embargo, quedan, sin duda, nostalgias de alegrías y comunión entrañables.

Comadre, supe que mi ahijado, no quiere sacar la básica, ahí está ese malo de la cabeza, vive y come caballo, solo quiere recorrer la hacienda, detrás de los terneros, en fin, solo sigue la huella del “paire”. Reflexiones y conversaciones, durante la choca, sin descuidar el desborde del surco de riego.

Se araba con caballos y bueyes, las semillas se heredaban, no se conocía la transgenia, el sabor y olor eran los de la creación, el color, lo que daba el sol. Porotos recaudo para la ensalada; ajíes crujientes de aderezo; cebollas para colgar; papas para cocer; zapallos en la cazuela; ajos machacados para el charqui del brasero; albahaca en los granados; tomates jugosos como frutas; melonas escritas perfumadas y sandias caladas para la sed.

Esas chacras eran ejemplo de sustentabilidad, en su relación ecológica con el entorno, todos los sistemas biológicos podían conservar la diversidad y productividad a lo largo del tiempo.

En general los cultivos eran similares, sin embargo, había algunas especialidades, producto del cuidado y resguardo individual de esa semilla que caracterizaba, así es como doña Teresa guiaba en cañaverales los zarcillos de poroto pallar, exquisito guisante, rico en almidones, proteínas, fibras y minerales. Famosos eran sus almuerzos de guiso y trozos de cerdo. Juan Ignacio, celoso de sus ajíes cacho de cabra, picantes a morir y verdes oscuros casi negros. Aliro con sus chicharos y doña Manola con sus zapallitos italianos.

Trabajo de tarde, como segunda jornada, chacra de sudor y calor, de viento y sosiego, de cooperación y producción, de talento y tesón. Bajada del sol, aires de regreso, no sin antes llevar esa cebolla de primor, ese melón de olor, dejar hecho el taco, mirar cómo viene la luna y tranquear al rancho, alimentar los chocos, cerrar el gallinero, atizar el fuego, cenar y compartir con la familia y parientes veraneantes una grata conversación, canciones del verano y hasta un par de briscas…

 

 

 

 


 
 
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