Jueves, 13 de Mayo de 2021  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… El Álamo no era Huacho …

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero.

 

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Por los caminos andinos no solo ingresó la historia, esas huellas trazadas por picunches, incas y huarpes trajeron mucho más: una impronta aduanera que nos ha permitido desarrollarnos, otra minera si recordamos los Paramillos de Uspallata y una muy singular, un atado de ramillas de álamo que permitió delimitar los potreros de la zona central, pintar de verde las alamedas y amarillar las acuarelas de otoño.

Sin duda si has pasado por la localidad de Uspallata, donde los canales se anuncian con corridas de álamos, los corrales de mulas se cercan con su madera, los galpones envigados sostienen decenas de años, te habrás dado cuenta de que el álamo domina el paisaje. Es así como irguiéndose sobre los 30 metros es el testigo principal de la historia del pueblo. Dicha abundancia y arraigo en esos suelos de piedemonte y aguas andinas han sido la última estación, antes de que estos árboles conquistaran Chile.

Si bien su origen es Marruecos, un largo camino lo trajo a estas latitudes, pasando por la Península Ibérica, norte de Alemania y Polonia hasta Asia Central. Conquistó además las latitudes templadas de Sudamérica. Nacen en esas costas mediterráneas con desiertos y montañas que ayudan a moderar el calor de Marruecos.

La historia nos cuenta que, en 1810, cuando el provincial de la orden franciscana, José Javier Guzmán, recibió 20 álamos que había encargado a la localidad de Cuyo, posiblemente estacas preparadas en Uspallata, pues en una caja venían 20 esquejes de media vara de largo y tenían el grueso correspondiente a plantas de un año. Venían con cogollos y hojas verdes muy lacias, que luego de regarlas seguido, se recuperaron 19.

 

 

Según la edición de la revista “El Agricultor” de abril de 1840, nos informa de este viaje de los álamos, seguramente con azarosas vivencias, pues las carretas debían pasar todo tipo de inconvenientes para lograr la meta, de subir y cruzar la cordillera. Si en la actualidad los camiones sufren múltiples accidentes en la ruta internacional, ni imaginarse como las mulas sorteaban los obstáculos de huellas, roquerías, nevazones y noches bajo cero. Es así como se iniciaba el vivero que más tarde originaria la Alameda de las Delicias, parte importante de la imagen colonial de Santiago.

Caminos de Valle Alegre, como Alto del Puerto en Los Andes, nos regala una imagen centenaria, al encontrar ese aserradero de álamo que ha nutrido por decenas de años los tablones para tapiales, vigas para las casonas de adobe, construcción de casas, tapas, cajonería, mueblería, industria frutícola, etc.

El envigado de las casas coloniales de la mitad del siglo XIX en adelante, como también los dinteles, generalmente son de álamo y trabajados a mano con hachuelas. Su resistencia y sanidad en zonas sin humedad de las casas, se comprueban en las restauraciones, donde livianas vigas salen intactas, ya sean entarugadas o clavadas.

Su multiplicación como especie arbórea es muy fácil a través de estacas o varetas, lo que permite obtener nuevos ejemplares de manera rápida y sencilla. Son clones, lo que implica mantener las características de las plantas madres.

La industria forestal no ha descuidado este rustico árbol, obteniendo híbridos, por sus cualidades originales para que se desarrollen en un tipo de suelo, clima, crecimiento y resistencia a enfermedades, esto dentro de un patrón de alto rendimiento. Al ser propagados vegetativamente conservan su origen, son iguales entre sí, reacciones equivalentes al medio, presentando una población homogénea, dimensiones parecidas y requerimientos comparables.

La destacada folclorista nacional Clara Solovera escribía “Alamito, álamo huacho, solitario en el camino, igual como tú estoy solo, frente a frente a mi destino”. Bella poesía que el árbol descrito se ha negado históricamente a enfrentar, pues la soledad no va con él, ya que sus raíces emiten múltiples renuevos, gracias a la humedad del entorno. Su característica es presentarse en alamedas interminables de acogedores paisajes.

En un viejo corredor del Museo de Arte Colonial de San Francisco, Santiago de Chile, está el tronco de uno de los 19 álamos que hicieron el viaje por nuestro incomparable terruño cordillerano, el que viajó en una equipada carreta tirada por mulas y burdéganos, cabresteada por ese gaucho amigo, que dominaba los enigmas de nuestras altas cumbres andinas, al ritmo de un inseparable amargo …

 


 
 
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